
Estás muy tensionado, hombre.
Tienes, déjame decirte,
un orangután neurótico sobre los hombros.
Piensas demasiado.
Tu pequeña cabeza no hace otra cosa que girar como un dínamo.
Oh, sí, tienes imaginación,
pero las imágenes se pliegan y entrelazan
y sus extremos se hunden en una suerte de
ojo vacío.
Por supuesto, alguien te persigue.
Por supuesto,
todos mienten
o por lo menos
siempre dicen una parte insignificante de la verdad
así estén convencidos de que es toda
la verdad.
Y tú no haces otra cosa que intentar completar
los espacios en blanco.
Ese es tu juego predilecto.
Ese es tu vicio.
Las palabras que escuchas,
los gestos triviales,
son sólo piezas dispersas del enorme rompecabezas
que da forma al mundo.
Y bien sabes que el sentido de tu vida
(si es que lo tiene)
es bosquejar en tu mente las piezas que faltan.
¡Ah!, pero el rompecabezas no sólo es espacial.
Es, sobre todas las cosas,
temporal.
Va mutando con las horas,
con las frases que van brotando de la nada,
con las sonrisas y el terror,
con la constante pantomima
que todos representan en un universo paralelo
que quizás no exista.
Y tú estás solo y te das cuenta
de que la única verdad anida en ti
pero necesita agotar todos tus pasos
para manifestarse.
El mundo está saturado de narradores
y tal vez tú seas el punto de fuga
de todos los relatos:
el receptor absoluto de las ficciones.

